Prometeo encalillado

Prometeo encalillado

Por Pablo Padilla Rubio, escritor.

A Prometeo lo encadenaron a una montaña por el delito de robarle el fuego a los dioses para regalárselo a la humanidad. Hasta la roca en que lo ataron, llegaba cada día un ave rapaz a comerle el hígado. Como parte del castigo, el órgano se le regeneraba luego de ser devorado, para prolongar así la tortura hasta la eternidad.

Al Prometeo encalillado chilenito se le ocurrrió, en un minuto de hambre y pandemia, pedir el 10% de sus ahorros previsionales, para salvarse en la actual devastación. El castigo, bajo el disfraz de ayuda a la clase media, llegó por cadena nacional de televisores: una nueva deuda sobre las antiguas.

Dicen los dioses de este Olimpo: “Amarremos al ciudadano a su montaña de calillas con cadenas. Arranquémosle el hígado en cómodas cuotas”.

Hay que decirlo: Prometeo ya estaba encadenado y encalillado hace años, en forma de tarjeta de crédito, avances en efectivo, deuda educacional, deuda hipotecaria, deuda para comer, deuda para respirar.

Los buitres de ahora, rapaces como siempre, presentan con sonrisas su nuevo plan. Las cadenas de Prometeo Encalillado lucen firmes. Hay consenso entre los palaciegos: es justo mantenerlo así. Es más: Prometeo Encalillado debería agradecer los eslabones que lo atan firmemente y de por vida a esta extensa montaña de créditos.

Pero se sabe que Prometeo, por muy encalillado que esté, no tiene paciencia infinita. Ya está pensando el modo de volver a quitarle el fuego a los dioses del Olimpo financiero para repartirlo otra vez entre las calles de la humanidad. Prometeo no piensa estar encalillado para siempre jamás.

Los dioses del Olimpo deberían pensárselo mejor. Prometeo encalillado ahora está ofendido, está dolido, está soplando las brasas de su rabia, de su furia.

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