La indiferencia nos deshumaniza

La indiferencia nos deshumaniza

Autor: Valeria Salinero de Iza. En Twitter: @ValeriaSalinero

* Integrante del Taller de Escritura, impartido por el historiador y politólogo Max Quitral.

Cuando se presentó la oportunidad de escribir esta columna pensé en hacerlo sobre las próximas elecciones presidenciales y la urgente necesidad de la oposición por crear unidad para llevar un (a) candidato (a) único (a) que derrote a la derecha. Busqué algunas historias reales y ficticias de unión entre grupos que, teniendo diferencias importantes entre ellos, fueron pragmáticos y lograron ponerlas entre paréntesis un momento para unirse en un proyecto común: derrotar al enemigo. Pensé en los aliados en la segunda guerra mundial, en las organizaciones sudafricanas que triunfaron frente al poderío boer, en los diversos clanes que a través de a historia pactaban contra el conquistador, pensé en Juego de Tronos y la lucha coordinada contra el Rey de la Noche, las alianzas en la Guerra de las Galaxias o el Señor de los Anillos. Todas situaciones de unión frente al adversario que amenaza la supervivencia de la mayoría. Porque qué duda cabe: otro gobierno de derecha pondría en peligro nuestra cordura y supervivencia.

Pero los últimos días cambié de idea. Creo que enfrentamos un enemigo diferente, que pasa un tanto desapercibido: la indiferencia. Ya lo dijeron Humberto Maturana, Elie Wiesel, Hannah Arendt y otros: la indiferencia trae consigo riesgos, peligros. ¿Y por qué creo que tenemos un problema de indiferencia? La respuesta es simple: la pandemia deja un rastro de alrededor de 30 mil chilenos y chilenas muertos a la fecha y no parecen ser importantes. Por supuesto que a muchos individuos nos aflige, pero a nivel institucional y político, en su discurso y acción, no están presentes. Pasan los meses y seguimos esperando un rito donde se nos permita como comunidad situarnos al lado de las víctimas y sus familias, donde digamos juntos que esas personas fallecidas son importantes, que faltan, que nos duelen.

Maturana afirmó que somos seres, ante todo, emocionales. Nos habló de las emociones pre-lenguaje, aquellas que como humanos nos permiten actuar incluso antes de que nos coordinemos socialmente en el lenguajear; luego explicó que esas emociones primarias son la aceptación y el rechazo, es decir, amor y negación hacia el otro. Desde ambas emociones se generan ámbitos de comportamiento donde visibilizamos al otro, ya sea para colaborar o para competir con él. Pero advirtió que hay una tercera emoción primaria: la indiferencia. Desde ella simplemente no vemos al otro, no existe para nosotros, no cabe en nuestro mundo y por tanto el comportamiento hacia ese otro (es no- yo) es inexistente.  Nada.

La consecuencia de la propagación de la indiferencia (sí, se contagia culturalmente) es la ruptura del vínculo social que nos humaniza. Al ser indiferentes al dolor ajeno nos deshumanizamos. ¿Por qué? porque dejamos de actuar de forma colectiva y coordinada (acción efectiva, diría Maturana) para el bienestar común, es decir, cuidar de otros, que es lo que nos hace humanos.

La consecuencia de la propagación de la indiferencia (sí, se contagia culturalmente) es la ruptura del vínculo social que nos humaniza. Al ser indiferentes al dolor ajeno nos deshumanizamos. ¿Por qué? porque dejamos de actuar de forma colectiva y coordinada (acción efectiva, diría Maturana) para el bienestar común, es decir, cuidar de otros, que es lo que nos hace humanos.

En Chile -desde la instalación forzosa del modelo neoliberal- se alojan la negación e indiferencia como emociones que favorecen comportamientos de competencia e individualismo porque rechazan o derechamente invisibilizan a otros cuya existencia no es aceptada como legítima o válida. Se nos ha impuesto (desde la economía, justicia, educación, cultura masiva, política, etc.) un desgarro del tramado social que sitúa al individuo por sobre la comunidad: no hay cuidado colectivo, no hay manada que proteja.

Lo anterior no es ninguna novedad, lo hemos visto en la impunidad de la violencia policial durante la revuelta de octubre y la nula reparación del Estado hacia las víctimas de daño ocular y otras violaciones a DDHH, en las no-decisiones frente a la crueldad de Sename, en la invisibilización de la extrema pobreza, etc. Lo novedoso, creo, es que la indiferencia llegue a niveles tales donde la muerte diaria de tantas personas quede convertida en reporte estadístico y no en el duelo colectivo que debería ser.

En síntesis, el manejo gubernamental de la pandemia ha sido cuestionable: no nos han cuidado ni acompañado como esperábamos. Entonces, por lo menos, exijamos de quienes ostentan poder político -gobierno y parlamento- una muestra genuina de humanidad. Un reconocimiento público a las personas fallecidas por Covid 19, y si es necesario repetir el rito varias veces, que así sea.

Dolernos juntos (condolernos) es también un asunto de supervivencia. Porque si perdemos la humanidad de nuestras acciones colectivas de cuidado mutuo desde la aceptación del otro (lo que Maturana llama Amor), lo perdemos todo y la próxima crisis (sea cual sea) nos encontrará quebrantados, rotos, aislados.

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