De la justicia, los justicieros y los justiciables

De la justicia, los justicieros y los justiciables

Rodrigo Vergara Muñoz. En Twitter @orvergara

* Integrante del Taller de Escritura para Principiantes, impartido por el historiador y politólogo Max Quitral.

 

¡Quemadlos a todos, Dios sabrá reconocer a los suyos! Clamaba Arnaldo Amaric, Abad de la Orden del Cister, en la cruzada contra los albigenses (cátaros) durante el sitio de la ciudad francesa de Beziers, por allá por el año 1221. Ochocientos años después la consigna parece la misma cuando asistimos a toda suerte de enjuiciamientos populares a través de las redes sociales.

A partir de la irrupción de las distintas redes sociales, resulta innegable su contribución al mundo global. No obstante, ello, como todo, llevan implícito un peligro, que en el último tiempo se ha hecho evidente: entre otras cosas, la condena automática de uno o varios sujetos sin derecho a réplica o descontextualizando una frase, un juicio o una opinión.

Uno de los elementos esenciales del estado de derecho, es precisamente la administración de justicia por parte de un tercero imparcial; el juez, quien decidirá la controversia suscitada entre las partes. En este sentido, metafóricamente hablando, cada uno de nosotros se desprende de la alternativa de hacer justicia por mano propia, para entregársela al juez, quien decidirá una vez ponderada la evidencia y/o las pruebas aportadas por cada una de las partes de la controversia, lo que se estime acorde a las normas jurídicas que regulan la situación en particular.

En el caso del derecho penal, ocurre lo mismo, por cuanto la protección de ciertos valores esenciales de la sociedad en una época determinada están entregados al legislador; la infracción a dichos valores sociales esenciales, es perseguida por el Ministerio Público y la aplicación de la sanción corresponde al o los jueces.

“…Pareciera que la sociedad ha incubado durante mucho tiempo una sensación de desprotección y desamparo de las víctimas y ha utilizado como válvula de escape las redes sociales, iniciándose toda suerte de cacería de brujas y condenas automáticas en contra de una o más personas, con o sin fundamentos reales

No obstante lo anterior, pareciera que la sociedad ha incubado durante mucho tiempo una sensación de desprotección y desamparo de las víctimas y ha utilizado como válvula de escape las redes sociales, iniciándose toda suerte de cacería de brujas y condenas automáticas en contra de una o más personas, con o sin fundamentos reales, donde lo relevante no es la evidencia, sino el clamor justiciero de algunos, importa el desahogo y el efecto multiplicador de las redes sociales.

Por otro lado, esa sensación de desamparo y desprotección tiene causas, las que pueden encontrarse, tal vez, en la desconfianza en el sistema de administración de justicia, la lentitud de los procesos, en que el sistema penal ofrece garantías para los imputados, a través de la Defensoría Penal, y para el ejercicio de la acción persecutora del estado a través del Ministerio Público, pero el sistema no contempla la defensa de las víctimas. Loable resulta en este sentido, la labor de las corporaciones de asistencia judicial, que tienen como objeto garantizar el acceso a la justicia a quienes no puedan proporcionársela por sí mismos. Sin embargo, este esfuerzo no es suficiente. Y así las cosas, los “justiciables” quedan ocasionalmente cubiertos por un manto de impunidad que la sociedad castiga por medio de una especie de autotutela o juicio popular: el reproche a través de redes sociales.

Este reproche, a ratos merecido, lleva implícito un peligro: ventilar rencillas personales, acusar sin evidencia, lanzar acusaciones al viento, y fundamentalmente no permite en los hechos el ejercicio del derecho a la defensa. Este último derecho, forma parte esencial del estado de derecho, y constituye ciertamente un avance a los sistemas de enjuiciamiento propios de épocas pretéritas como las ordalías, porque la posibilidad de exponer su propia versión de los hechos, es un elemento fundamental de la justicia. La decisión de un asunto debe necesariamente pasar por el contraste de las versiones de todas las partes, a fin de establecer una verdad procesal, lo más cercana posible a la verdad material. Es precisamente ahí donde radica el peligro de los justicieros, aquellos que, arrogándose una representación de la cual carecen, enarbolando estandartes, organizan, difunden u orquestan, un juicio popular en contra de uno o en contra de varios, a veces con razón, pero a veces y ahí radica la importancia, sin ningún fundamento. Es precisamente en los casos de afirmaciones sin evidencia, en los cuales radica el peligro para el estado de derecho, porque socialmente una persona es llevada al paredón y ajusticiada sin ninguna prueba, sin posibilidad de réplica, sea porque es imposible en los hechos, o bien porque emocionalmente le puede resultar agotador; y eso ……. eso no es justicia.

La sociedad requiere sin duda, más y mejor justicia, que de justicieros ya tenemos suficiente.

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