Cultura del pueblo

Cultura del pueblo

Por Paulina Granadino, integrante del Taller de escritura para principiantes, impartido por el historiador y politólogo Máximo Quitral durante agosto pasado.

Leyendo sobre la historia política y cultural del comunismo, me topé con un párrafo donde se mencionaba la existencia del Proletkult (cultura proletaria), proyecto artístico cultural con el que el comunismo de izquierda pretendía “fomentar la psicología naturalmente colectivista del proletariado”. Como este movimiento fue considerado por Lenin y Trotsky como una tendencia más bien burguesa, ya que no se enfocaba en la educación de los obreros, lo aislaron y, por tanto, murió.

Con esta idea de “cultura proletaria” y teniendo en cuenta todo el acontecer sociopolítico que hemos vivido desde la revuelta de octubre, pasando por la pandemia y el estrago económico que agregó a nuestras vidas, me pregunto ¿será posible que, en la sociedad chilena, con una clase media que se cree emergente, pero que está a un estornudo de caer en la pobreza, podamos ver surgir una nueva cultura?

Octubre nos removió un poco la consciencia, nos abrazamos y cantamos. También nos fuimos contra el sistema saqueándolo e incendiándolo. Sin embargo, llegó el verano y muchos volvimos a nuestra vida, a las vacaciones, a comprar en el supermercado que se había convertido en el símbolo de nuestro malestar.

Octubre nos removió un poco la consciencia, nos abrazamos y cantamos. También nos fuimos contra el sistema saqueándolo e incendiándolo. Sin embargo, llegó el verano y muchos volvimos a nuestra vida, a las vacaciones, a comprar en el supermercado que se había convertido en el símbolo de nuestro malestar. Sin embargo, seguíamos con el bichito de la insatisfacción, sólo pensar en volver al trabajo mal remunerado, al colegio sobrevalorado, a la vida llena de deudas y con poco descanso, nos revolvía el estómago. A pesar de este hastío, o resignación, el país comunista más capitalista del mundo algo nos salvó de esa tortura.

Debo reconocer que, aunque ambas situaciones fueron extremas, sólo el Covid-19 nos puso en nuestro lugar. No fue el llamado a la consciencia de clase, el clamor por igualdad y justicia. No, fue la necesidad extrema de encerrarse la que nos motivó a comenzar a comprar a los emprendedores, a la verdulería o negocio de la esquina, a nuestra tía que vende calcetines, etc. Tuvimos que vernos en la extrema necesidad de no poder ir a las multinacionales, para poder darle la mano a nuestros vecinos. Eso en lo económico, pero ¿qué tal en lo cultural, valórico o emocional?

No falta quien critica a los que salen de sus hogares, sin saber si quiera su realidad. Quizás muchos no respetan la cuarentena porque no aguantan el encierro o creen que todo es mentira, pero existen miles de familias que deben sobrevivir y el sustento está en la venta ambulante o en la cola de la feria. Cientos de personas que perdieron su trabajo, y necesitan generar ingresos. Esta misma falta de empatía o crítica hacia el resto, sucedió con la revuelta de octubre. ¿Quién no se sintió culpable solo por el hecho de no ir a manifestarse a la Plaza de la Dignidad?

Personalmente, he estado involucrada en muchas marchas, pero con una hija de dos años prefería salir temprano del trabajo, llegar a la casa, estar un par de horas con ella y luego prepararnos para ir a alguna manifestación cerca de nuestro hogar. Sin embargo, algunas personas prácticamente me trataron de inconsecuente, de poco efusiva. ¿Acaso todos debemos manifestarnos de la misma forma y quien no lo hace así es invalidado?

Creo que estos ataques y críticas gratuitas son, precisamente, uno de los elementos más importantes que debemos modificar en nuestra cultura chilena. Dejar de mirar al vecino para humillarlo, y empezar a ayudarnos, a contenernos.

En octubre había un claro llamado al cambio de actitud, a la hermandad, pero a la larga e, incluso en pandemia, seguimos igual.

En octubre había un claro llamado al cambio de actitud, a la hermandad, pero a la larga e, incluso en pandemia, seguimos igual.

Sí, hemos empezado a dejar de comprar a las grandes empresas, pero no podemos quedarnos ahí. Tenemos que hacer un cambio radical, eso no es fácil, tampoco rápido, pero debemos hacerlo. Si exigimos del Estado una sociedad justa e igualitaria, debemos comenzar por casa. Dejar de lado el denominado “rol de la mujer”, enseñar a nuestros hijos e hijas el respeto al prójimo, pero no solo con palabras, como se ha hecho hasta ahora, sino con acciones: limpiar los espacios comunes del vecindario, ayudar a aquellos hogares que están aquejados en sus ingresos. Ser solidarios de verdad, y no sólo cuando el mafioso de Don Francisco hace el llamado a ponernos la mano en el corazón y el bolsillo.

Debemos trabajar una nueva cultura social; poner especial atención a nuestras relaciones, ya que por más que cambiemos la Constitución, si no hay un interés real en ser empáticos, difícil que logremos los cambios que ansiamos. Lo más complicado de esta situación, es que es un proceso muy personal y, por tanto, no podemos estar “observando” que el del lado lo realice. Debemos confiar en nosotros. Por tantos siglos nos han enseñado a desconfiar, a ser mejor que el del lado, pero ahora debemos despojarnos de todo aquello y buscar estar en paz con nosotros, para luego estar en paz con el resto, y encontrar el camino que nos lleve a esa sociedad que anhelamos y que está lejos de poder estamparse en leyes o reglamentos.

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